Al compás del canto
de las golondrinas al atardecer,
giré la mirada sin un destino
y la vi aparecer.
De pronto mi mundo,
mi ciudad y mi ser
quedaron inundados por
la maravilla de aquellos mares.
Azules e intensos se veían
exaltados por el radiante sol
que se posaba a lo largo de su rostro:
haciendo de la noche el día.
La vi,
nos miramos…
y segundos después:
la perdí.
No conozco más que
tus ojos y tu pelo,
quizás el destino,
quizás para luchar contra ello
entre imaginación y recuerdos
aún te describo.

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